Pero yo no escribo para salvar al mundo. Lo hago para salvarme a mí mismo, y entonces poder salvar a algunas personas, entre más mejor. Aunque... quién sabe QUÉ tanto podemos arreglar vidas jaja...
Muchas veces he dicho que escribir me apasiona increíblemente. De entrada sé que es esto lo que más disfruto profesionalmente, más que dar clases, más que estudiar, más que redactar demandas o hacer llamadas. Es lo único que tenido verdaderamente claro desde el 2002, 2003. Todo lo demás ha cambiado: primero quería estudiar periodismo. Luego ciencias políticas. Psicología organizacional (omG). Filosofía. Derecho. A la mitad de la carrera, letras inglesas o historia. Derecho otra vez, pero ya con un enfoque académico. Y aquí estoy: clases de teoría política, tesis/maestría, demandas, querellas, contratos... y mondoli.
Mondoli, ahí, rodeándolo todo. Todo lo que hago está sumergido en una gran esponja que se llama mondoli. Este espacio es como el centro hacia el que vuelven todas mis aspiraciones profesionales. De aquí parten y a aquí vuelven. Es el ojo por el cual veo la realidad. Es el ojo de mi sensibilidad. Me ayuda a saber qué quiero. Me ayuda a no desviarme de más.
¿Porqué? Porque en mondoli es donde soy más yo. Porque mondoli es el canal por donde fluye lo que no puede quedarse adentro. Lo demás se queda entre Dios y yo, o entre mis amigos y yo. Y ya, lo intrascendente, lo cotidiano y lo pasajero, lo que parece gris y soso aparece aquí. Y desde esta plataforma cobra relieve. Lo envuelvo con palabras tomadas de mi sangre y lo dejo grabado en este espacio.
Es que… hay tanto que necesito comunicar. Repito esto porque es una idea que me carcome. Si me conoces sabes que puedo hablar durante horas si estoy con la persona adecuada. O que, y es casi lo mismo, puedo estar horas sin hablar con alguien –si es la persona adecuada– y sin embargo comunicarnos constantemente. Suena egoísta, pero no lo puedo evitar: necesito hablar, decir lo que pienso de las montañas, de las sonrisas, de los zapatos de un hombre viejo, de las banquetas, de las nubes que como telarañas se entretejen en un cielo del día de Navidad. Del viento que ha purificado toda la ciudad y la convierte en una civitas Dei. Bonita ofrenda para un día veinticinco de Navidad.
¿Pero, qué es la belleza comparada con la bondad? Mientras pienso en lo bonito del atardecer y de ese rostro y de esa canción del soundtrack de Amelie me acuerdo que hay gente –podría decir pobre pero es preciso ser mucho más concreto– que lleva tres meses afuera del Hospital Universitario esperando con mucha esperanza pero con cero certeza a su hija que tiene un tumor cerebral.
Gente que se desespera de no ser escuchada, que pierde la fe en la humanidad por el mal trato que han recibido. Y me siento miserable porque me acuerdo de las sentencias de Marx: estoy en mi cuarto, frente a una Mac, sentado en una cómoda silla y atrás de mí hay un calentador. Cené pavo y me tomé una Carlsberg. Afuera, muchas personas sufren el frío, el cansancio y el hambre habituales. ¿Qué estoy haciendo por ellas? Muy poco.
Y entonces me acuerdo que yo tengo las riendas de mi vida. (Pero no puedo soltarme de la mano de Dios: las montañas son altas y los valles son amplios. ¿A dónde queremos ir? Sólo Él sabe el mejor de los caminos para cada uno de nosotros).
¿Porqué hay sufrimiento, porqué hay cruces? Nunca, al menos no en esta vida, tendremos la solución completa y satisfactoria. Sin embargo, me parece que el nacimiento de Jesucristo en una cueva fría de Belén y su posterior muerte en una cruz arrojan bastante luz sobre esta cuestión. Jesús, pobre y niño en Belén. Jesús, pobre y sufriendo en Jerusalén: carga su Cruz, y con ella, nuestros problemas. Se abraza a ella porque en ella están nuestras cruces.
Desde entonces aprendimos a no desesperarnos por el sufrimiento. Más bien al contrario: nos parecemos al Hijo cuando aprendemos a llevar con alegría y serenidad -que no quiere decir que lo llevemos sin lágrimas- el dolor y el miedo.
uneasiness?
nah.
hope














